La Jaula

Estaba encerrada. Nada la podìa tocar. Esa jaula era una protecciòn contra el mundo. Afuera vivir era difìcil. Afuera era peligroso. Dentro de la jaula tenìa alimento y cobijo ¿que màs podrìa necesitar? ¿el contacto de un ser vivo? Esa caricia se podia transformar en un golpe con extrema facilidad. Su ser intensamente fràgil se harìa añicos con un contacto que no fuera delicado y en el mundo externo no existìa la suavidad y la ternura. ¿y si existiera? – se preguntò la prisionera

¿Valdrìa la pena exponerse a la intemperie de los sentidos y romperse solo por un quizàs? No. Se conocìa. No tenìa la fuerza suficiente para hacer frente tamaña empresa. Tambièn requerìa fuerza el quedarse en la jaula mirando la vida pasar. Viò el invierno llegar y hacer estragos con sus compañeros que tan valientemente habian elegido vivir afuera de los barrotes.

Uno cayò en fin de vida, justo cerca de su preciada y voluntaria jaula. Le pregunto curiosa ¿valiò la pena la vida en el mundo? , el moribundo le respondiò ¿valiò la pena morir en la jaula?

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