No era una cuestión de orgullo, era una cuestión de dignidad. Su dolor era privado, personal. Era quizás la parte mas genuina de su carácter y quizás la mas renuente a ser cambiada por la vida misma. ¿Quién era ella sin su dolor? Si había una respuesta a esa pregunta todavía no la sabía. En un rincón oscuro, en una pequeña habitación con la poca compañía de cosas efímeras, ahí ella sufría y sufría así tanto que muchas veces ni siquiera se daba cuenta de estar sufriendo.
Un día, hace pocos años se encontraba haciendo las tareas de la casa hasta que terminó con arreglando la cama y mientras acomodaba las mantas vio que caía gotas de agua sobre la cama, instintivamente miró el techo, pero no, no era el techo, eran lágrima que caían de su rostro, sorprendida porque su mente no estaba en ningún recuerdo triste. Hoy al recordar tal hecho comprendió que ese dolor que estaba amordazado, en un ímpetu rebelde hizo llenar los ojos de esas lagrimas que por mucho tiempo no se quisieron derramar. Y los ojos fueron tramite de esa rebelión, de ese sufrimiento que no quería ser ya sofocado.
Todavía no entendía si ese día había despertado su fuerza o su debilidad. Probablemente esta era una de las tantas preguntas sin respuestas. Igualmente, a este punto de su vida no la atormentaba el no tener respuestas. Había aprendido a continuar caminando sin ellas y con el dolor como eterna compañía.
Lo que muchos no entendían era que el dolor no era su enemigo, ella con mucho esfuerzo entabló una especie de tregua y hasta veces de amistad con él. Pero había ocasiones en que él se rebelaba y tomaba control de todo su ser y en esos momentos ella no luchaba, dejaba fluir por sus venas el sufrimiento y esperaba pacientemente por su fin. En las mañanas cuando todo es nuevo, ella despertaba, su cuerpo exhausto y adolorido, los ojos se abrían con lentitud y con gran dificultad. Se sentaba en la cama tratando de levantarse mientras sus miembros se resistían al movimiento.
Prepararse un café, levantar las cortinas, dejar entrar el sol y que él la llene de su luminosidad cómo ayer la luna la había llenado de penumbra y dolor. Nada en su semblante demostraba la lucha que no había combatido y el dolor que todavía sentía en sus huesos y que la acompañaría durante el día.
Fuerza, debilidad, amigo, enemigo…no tenia importancia ya. El dolor ya era parte de su ser y como tal era aceptado. Ahí estaría hasta el último día, indomable abriéndose paso sin permiso, sin necesidad de pedirlo ya que es su casa en la que vive

El dolor invisible

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s